Columna de opinión: Movilidad social, acceso, financiamiento ¿Para qué?
Más que seguir hablando (o vendiendo) conceptos como movilidad social, acceso, financiamiento, etc. deberían estar rompiéndose la mollera para reducir la brecha entre ingresos y dar la oportunidad real a las personas de decidir qué hacer con y de sus vidas.
A propósito de las movilizaciones escolares y universitarias, me tincó desviar por un minuto las miradas del proyecto ideológico alimentado por los oportunistas de siempre y a quienes hoy cualquier micro los deja bien y centrarnos en la destrucción emocional y cultural que estas multitudinarias pataletas dejaron en evidencia.
Desde finales del siglo pasado que el modelo (económico, social y moral) viene desfigurando las cosas, creando necesidades donde nunca las hubo y embutiendo sus anhelos (expectativas le dicen los siúticos) a miles de jóvenes (y sus familias) al presentarles un país que, a mi juicio, estamos a años luz de ser.
Los promotores del piloto liberastoide (con la responsabilidad y delicadeza de un rinoceronte en celo) resolvieron que el país precisaba con urgencia graduar a miles de abogados, periodistas, sicólogos, ingenieros “en ejecución” y taaaaaantos otros títulos “universitarios”, obviando que Chile no tenía (ni tiene) por dónde consumir.
Rápidamente aprendimos a despreciar los oficios. A mirar en menos al que fue nuestro vecino en la población. A escupir a nuestro viejo porque se pasó su vida cultivando remolacha. A esconder al pariente taxista. A sentirnos fracasados si un hijo decide proyectarse reparando bicicletas. Cientos de oficios dejaron de enseñarse y sólo porque el exitista modelo no los consideró “apetecibles y necesarios”.
Ojo, no se trata de revivir aquello de las personas de primera y segunda categoría, sólo de volver a respetar al tipo que coloca las manzanas en el frigorífico, valorar la función que cumple el que limpia baños en una terminal de buses o agradecer al que atiende ese bolichito que nos salva los días feriados (y en mi caso fía puchos cuando ando en la pitilla).
Entender que seguir produciendo personas tristes porque no ganan, veranean, viven y comen como en las revistas, por más acuerdos que intenten articular, no lograrán que la olla suelte presión. Siendo tan simple de prever el escenario, a ningún iluminado se le movió un ligamento para evitar el terrorismo emocional que se importaba. Verlos hoy cacarear en las marchas es, por decirlo elegantemente, insultante.
Más que seguir hablando (o vendiendo) conceptos como movilidad social, acceso, financiamiento, etc. deberían estar rompiéndose la mollera para reducir la brecha entre ingresos y dar la oportunidad real a las personas de decidir qué hacer con y de sus vidas, sin que por ello se los castigue socialmente.
Para terminar (gracias a Dios), me gustaría rescatar una frase que dijo al pasar ayer, en su cadena nacional, Sebastián Piñera: “debemos estar orgullosos”… Es cierto Presidente, debemos estar orgullosos, pero no del monstruo en que nos hemos convertido.
Al final, si siguiendo con el parafraseo, estoy seguro de que “el sueño de padres y madres” no es más que morir viendo a sus hijas e hijos felices, sea cual fuere el camino (o carrera) que decidan seguir.

