¿Sabemos los chilenos lo que estamos comiendo?
¿Qué son exactamente los transgénicos? ¿Se justifica la búsqueda de "lo orgánico"? Y lo más importante: ¿cómo afectan estos cambios nuestra identidad cultural y el amor a la comida propia? Columna por Edith Valdivia
¡Como añoro las frutas recolectadas en su sazón!, las cazuelas con pollos de campos alimentados con maíz y aquella huerta familiar donde teníamos de todo un poco, donde colaborábamos en familia cosechando frutos, hortaliza y verduras de la estación. Es un tiempo pasado que aunque todavía vive en mi recuerdo y que mis hijos no lo conocieron.
Hoy la tecnología nos ha cambiado nuestra manera de vivir con relación a la tierra. Ahora dependemos de procesos comercializados que adaptan todos los productos. Mientras nosotros los creemos naturales, son en realidad productos alterados para que tengan una larga duración y resistan los cambios climáticos, adaptándolos a las condiciones de los suelos no importando si estos son salinos, helados o secos.
Sutilmente la ingeniería genética ha cambiado nuestra maneras de comer, haciendo que los cultivos crezcan más de prisa y que los cereales envenenen por si mismo las plagas. La biotecnología moderna ha ido evolucionando de tal manera que lo que antes demoraba años en lograr resultados, mezclando montones de genes casi al azar, hoy es individualizado y permite tener un mejor control de los mismos genes, alcanzándose resultados más efectivos y permitiéndose llevar a cabo en pocos años una tremenda revolución de los genes.
El tiempo se encarga de que el hombre se adapte al recibir las nuevas proteínas modificadas, así como a las demás alteraciones que se producen con la solución que proponen estos alimentos transgénicos. Estas plantaciones especiales han conformado más de 60 millones de hectáreas en el mundo, sembradas con semillas transgénicas patentadas por el que se podría decir que tiene el monopolio de la semilla en el mundo; Monsanto.
Todavía nadie se atreve a señalar lo negativo que puede ser para el hombre estos productos por el gran negocio que representa para las corporaciones transnacionales de la alimentación. Hoy esta nueva tecnología está produciendo más alimentos que nunca por habitantes en el mundo, sin embargo, hay hambre por no estar estos bienes bien distribuidos. La verdadera causa de este problema es la pobreza, la desigualdad que imposibilita el acceso a los alimentos.
Se habla de obesidad y la misma es consecuencia de no saber comer. Los pobres comen muchas harinas y carbohidratos, además de frituras: es lo más que les satisface además de estar al alcance de la mayoría.
Tampoco se ha dicho que esta tecnología tiende a biodegradar provocando el empobreciendo de los suelos, contamina las aguas por los plagacidas, y sobre todo provoca desempleo, por la formas de aminorar la mano de obra, tratando de producir agricultura sin agricultores.
Foto: Spolon BR en Flickr
Hoy la tecnología nos ha cambiado nuestra manera de vivir con relación a la tierra. Ahora dependemos de procesos comercializados que adaptan todos los productos. Mientras nosotros los creemos naturales, son en realidad productos alterados para que tengan una larga duración y resistan los cambios climáticos, adaptándolos a las condiciones de los suelos no importando si estos son salinos, helados o secos.
Sutilmente la ingeniería genética ha cambiado nuestra maneras de comer, haciendo que los cultivos crezcan más de prisa y que los cereales envenenen por si mismo las plagas. La biotecnología moderna ha ido evolucionando de tal manera que lo que antes demoraba años en lograr resultados, mezclando montones de genes casi al azar, hoy es individualizado y permite tener un mejor control de los mismos genes, alcanzándose resultados más efectivos y permitiéndose llevar a cabo en pocos años una tremenda revolución de los genes.
El tiempo se encarga de que el hombre se adapte al recibir las nuevas proteínas modificadas, así como a las demás alteraciones que se producen con la solución que proponen estos alimentos transgénicos. Estas plantaciones especiales han conformado más de 60 millones de hectáreas en el mundo, sembradas con semillas transgénicas patentadas por el que se podría decir que tiene el monopolio de la semilla en el mundo; Monsanto.
Todavía nadie se atreve a señalar lo negativo que puede ser para el hombre estos productos por el gran negocio que representa para las corporaciones transnacionales de la alimentación. Hoy esta nueva tecnología está produciendo más alimentos que nunca por habitantes en el mundo, sin embargo, hay hambre por no estar estos bienes bien distribuidos. La verdadera causa de este problema es la pobreza, la desigualdad que imposibilita el acceso a los alimentos.
Se habla de obesidad y la misma es consecuencia de no saber comer. Los pobres comen muchas harinas y carbohidratos, además de frituras: es lo más que les satisface además de estar al alcance de la mayoría.
Tampoco se ha dicho que esta tecnología tiende a biodegradar provocando el empobreciendo de los suelos, contamina las aguas por los plagacidas, y sobre todo provoca desempleo, por la formas de aminorar la mano de obra, tratando de producir agricultura sin agricultores.
Foto: Spolon BR en Flickr
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