El día que me volví invisible
Para que aprendamos a valorar a nuestros abuelos, padreas y en general a troas las personas mayores. Esta narración me llego por internet (anónimo), y quise compartirla con Uds.
"Hoy no se qué día es, en la casa de mi hija no hay calendarios ya no se en qué fecha estamos. Como no hay calendarios y en mi memoria los hechos están hechos un plato de tallarines.
Lo que sí me acuerdo es de esos calendarios grandes, unas bellezas, tenían fotos de los santos, de la virgen, de Jesús y casi siempre lo colgaba al lado del tocador y lo miraba todas las mañanas, antes de preparar el desayuno para mi difunta esposa y mis pequeños hijos. Ya no hay nada de eso, todas las mis cosas han ido desapareciendo. Y yo también me estoy desapareciendo sin que nadie se dé cuenta.
Primero mi hija me cambió el dormitorio, pues la familia creció, llegaron dos hermosos angelitos, mis nietos. Después me pasaron a otra más pequeña aún acompañada de mis nietos, pero ellos necesitaban más espacio y privacidad. Ahora ocupo una pieza que está en el patio de atrás. Prometieron cambiarle el vidrio roto de la ventana, pero se les olvidó porque están muy ocupados, pobrecitos, y todas las noches por allí se cuela un airecito helado que aumenta mis dolores reumáticos.
La otra tarde caí en cuenta que mi voz también ha desparecido. Mis nietecitos estaban viendo televisión junto a mi hija y su esposo, yo pregunté ¿de qué se trata la película?, nadie me contestó. Y siempre que hablo a mis nietos o a mis hijos no me contestan. Todos hablan sin mirarme, como si yo no estuviera con ellos, escuchando atento lo dicen que les sucedió en el trabajo o en el colegio.
A veces intervengo en la conversación, seguro de que lo que voy a decirles les ayudará en un futuro ya que yo tengo experiencia, y que les van a servir de mucho mis consejos. Pero no me oyen, no me miran, no me responden.
Entonces cabizbajo lleno de tristeza me retiro a mi pieza antes de terminar de tomar mi plato de sopa. Lo hago así, de pronto, para que comprendan que estoy enojado, para que se den cuenta que me han ofendido y vengan a buscarme, me pidan perdón y me inviten de nuevo al comedor a terminar mi sopita….Pero nadie viene.
El otro día en un ataque de ira les dije que cuando me muera entonces si me iban a extrañar. Mi nieto más pequeño dijo “¿Estás vivo abuelo? “. Les cayó tan en gracia, que no paraban de reír. El día siguiente estuve encerrado en mi pieza todo el día, hasta que por la tarde mi yerno por la tarde entró a sacar la escalera, no me miró ni me saludó.
Fue entonces cuando me convencí de que soy invisible, me paro en medio del living para ver si aunque sea estorbo, me miran, pero mi hija sigue barriendo sin tocarme, los niños corren a mi alrededor, de uno a otro lado, sin tropezare conmigo.
El otro día los niños estaban todos alborotados, corrían de un lado a otro y me vinieron a decir que el domingo irían al zoológico. Me puse muy contento. ¡Hacia tanto tiempo que no salía y menos al zoológico, desde que mis hijos eran niños!
El domingo fui el primero en levantarme. Comencé a arreglar mi ropa con calma. Los viejos nos tardamos mocho en hacer cualquier cosa, así que me tomé mi tiempo para no retrasarlos. Al rato entraban y salían de la casa corriendo y echaban las bolsas y juguetes al auto.
Yo ya estaba listo y muy alegre, me paré en el antejardín a esperarlos. Cuando arrancaron y el auto desapareció envuelto en bullicio, comprendí que yo no estaba invitado, debió ser porque no cabía en el auto. O porque mis pasos tan lentos impedirían que todos los demás corretearan a su gusto por el zoológico. Sentí un dolor en el pecho como si mi corazón se encogiera, la barbilla me temblaba como cuando uno se aguanta las ganas de llorar.
Yo los entiendo, ellos si hacen cosas importantes. Ríen, gritan, sueñan, Lloran, se abrazan, se besan. Y yo, ya no se a que saben los besos. Antes besuqueaba a los chiquitos, era un gusto enorme el que me daba tenerlos en mis brazos, como si fueran míos. Sentía su piel tiernita y su respiración dulzona muy cerca de mí. La vida nueva se me metía como un soplo y hasta me daba por cantar las canciones de cuna que le cantaba a mis hijos y que nunca creí recordar.
Pero un día mi hija, que acababa de tener su tercer hijo, me dijo que no era bueno que los ancianos besaran a los niños, por cuestiones de salud. Desde entonces ya no me acerque más a ellos, no fuera que les pasara algo malo por mis imprudencias. ¡Tengo tanto miedo de contagiarlos, los quiero tanto.
Yo los bendigo a todos y les perdono, porque ¿Qué culpa tienen los pobres de que yo me haya vuelto invisible?".
Recuerden, esto pasa muchas veces en nuestro medio. Aprendamos a valorar a nuestros viejitos. Ellos son la dulzura de Dios en persona. Y a través de ellos recibimos su bendición.
Lo que sí me acuerdo es de esos calendarios grandes, unas bellezas, tenían fotos de los santos, de la virgen, de Jesús y casi siempre lo colgaba al lado del tocador y lo miraba todas las mañanas, antes de preparar el desayuno para mi difunta esposa y mis pequeños hijos. Ya no hay nada de eso, todas las mis cosas han ido desapareciendo. Y yo también me estoy desapareciendo sin que nadie se dé cuenta.
Primero mi hija me cambió el dormitorio, pues la familia creció, llegaron dos hermosos angelitos, mis nietos. Después me pasaron a otra más pequeña aún acompañada de mis nietos, pero ellos necesitaban más espacio y privacidad. Ahora ocupo una pieza que está en el patio de atrás. Prometieron cambiarle el vidrio roto de la ventana, pero se les olvidó porque están muy ocupados, pobrecitos, y todas las noches por allí se cuela un airecito helado que aumenta mis dolores reumáticos.
La otra tarde caí en cuenta que mi voz también ha desparecido. Mis nietecitos estaban viendo televisión junto a mi hija y su esposo, yo pregunté ¿de qué se trata la película?, nadie me contestó. Y siempre que hablo a mis nietos o a mis hijos no me contestan. Todos hablan sin mirarme, como si yo no estuviera con ellos, escuchando atento lo dicen que les sucedió en el trabajo o en el colegio.
A veces intervengo en la conversación, seguro de que lo que voy a decirles les ayudará en un futuro ya que yo tengo experiencia, y que les van a servir de mucho mis consejos. Pero no me oyen, no me miran, no me responden.
Entonces cabizbajo lleno de tristeza me retiro a mi pieza antes de terminar de tomar mi plato de sopa. Lo hago así, de pronto, para que comprendan que estoy enojado, para que se den cuenta que me han ofendido y vengan a buscarme, me pidan perdón y me inviten de nuevo al comedor a terminar mi sopita….Pero nadie viene.
El otro día en un ataque de ira les dije que cuando me muera entonces si me iban a extrañar. Mi nieto más pequeño dijo “¿Estás vivo abuelo? “. Les cayó tan en gracia, que no paraban de reír. El día siguiente estuve encerrado en mi pieza todo el día, hasta que por la tarde mi yerno por la tarde entró a sacar la escalera, no me miró ni me saludó.
Fue entonces cuando me convencí de que soy invisible, me paro en medio del living para ver si aunque sea estorbo, me miran, pero mi hija sigue barriendo sin tocarme, los niños corren a mi alrededor, de uno a otro lado, sin tropezare conmigo.
El otro día los niños estaban todos alborotados, corrían de un lado a otro y me vinieron a decir que el domingo irían al zoológico. Me puse muy contento. ¡Hacia tanto tiempo que no salía y menos al zoológico, desde que mis hijos eran niños!
El domingo fui el primero en levantarme. Comencé a arreglar mi ropa con calma. Los viejos nos tardamos mocho en hacer cualquier cosa, así que me tomé mi tiempo para no retrasarlos. Al rato entraban y salían de la casa corriendo y echaban las bolsas y juguetes al auto.
Yo ya estaba listo y muy alegre, me paré en el antejardín a esperarlos. Cuando arrancaron y el auto desapareció envuelto en bullicio, comprendí que yo no estaba invitado, debió ser porque no cabía en el auto. O porque mis pasos tan lentos impedirían que todos los demás corretearan a su gusto por el zoológico. Sentí un dolor en el pecho como si mi corazón se encogiera, la barbilla me temblaba como cuando uno se aguanta las ganas de llorar.
Yo los entiendo, ellos si hacen cosas importantes. Ríen, gritan, sueñan, Lloran, se abrazan, se besan. Y yo, ya no se a que saben los besos. Antes besuqueaba a los chiquitos, era un gusto enorme el que me daba tenerlos en mis brazos, como si fueran míos. Sentía su piel tiernita y su respiración dulzona muy cerca de mí. La vida nueva se me metía como un soplo y hasta me daba por cantar las canciones de cuna que le cantaba a mis hijos y que nunca creí recordar.
Pero un día mi hija, que acababa de tener su tercer hijo, me dijo que no era bueno que los ancianos besaran a los niños, por cuestiones de salud. Desde entonces ya no me acerque más a ellos, no fuera que les pasara algo malo por mis imprudencias. ¡Tengo tanto miedo de contagiarlos, los quiero tanto.
Yo los bendigo a todos y les perdono, porque ¿Qué culpa tienen los pobres de que yo me haya vuelto invisible?".
Recuerden, esto pasa muchas veces en nuestro medio. Aprendamos a valorar a nuestros viejitos. Ellos son la dulzura de Dios en persona. Y a través de ellos recibimos su bendición.
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TRISTE muy triste el relato.
TRISTE muy triste el relato. Pero mas triste es saber que el representa a muuuchos seres humanos, personas, que al parecer con la edad los hacemos perder esa DIGNA CONDICION. EN LA RED EXISTE UN SITIO . infoelder, es español y alli ncontrarn mucha literatura y estrategias para ayudar a los mayores. CLARO QUE ANTES QUE SABER BUSCAR EN LA RED HAY QUE BUSCAR EN NUESTRO CORAZON . Si encopntramos algun rastro de gratitud, recuerdos de niñez cuando ellos eran NECESARIOS para satisfacer nuestros pedidos, sanarnos, llevarnos al colegio ,base para que hoy seamos PERSONAS UTILES A LA SOCIEDAD , que fue el gran anhelo de ellos, podremos mirarlos con esos mismos ojos de niños y pedirles que no nos abandonen porque nos hacen mucha falta.Padres recuerden que esos modelos son los que sus hjos imprimiran en sus corazones para la hora EN QUE A USTEDES LES LLEGUE LA VEJEZ . Les gustaria vivir el dolor que ustedes causan?Tienen corazon para que les duela?a veces creo que a algunos no les duele... porque NO TIENEN CORAZON .
No hay por ahora nada más
No hay por ahora nada más triste en este país que ser viejo, estar solo aunque vivas rodeado de gentes, y, no tener recursos propios.
Lo que se nos olvida a
Lo que se nos olvida a todos, desde los niños, adolescentes y adultos es que a menos de que se mueran antes, todos seremos viejitos y viejitas, todos y todas...
Que ellos nos cuidaron y protegieron, probablemente con sus cuidados y/o consejos tal vez hasta nos salvaron la vida más de una vez, que ellos se sacrificaron para que estudiemos, que nos dieron el máximo que nos podían dar.
Debe haber alguna forma para que volvamos a respetarnos y a querernos, sin importar nuestras capacidades y/o nuestros recursos, solo porque somos seres humanos todos.
Mucha verdad se relata en
Mucha verdad se relata en esta historia, no solo a los adultos mayores se les posterga como personas discapacitadas, cada etapa de la vida nos va haciendo discapacitados para los más jovenes así, los jovenes tienden a ver a sus mayores como incapaces de comprender su forma de ver la vida y igualmente los adultos ven a los ancianos como personas incapaces de tener opinion.
Es muy lamenteble y penoso enterarse de situaciones como estas que ocurren con más frecuencia que las que imaginamos, encontrándose muchos adultos mayores abandonados y dejados a su suerte por no ser ya personas que aporten en lomaterial de alguna forma, peor es aún si ademas padecen alguna enfermedad ahi si que se les considera más una molestia.
Pero creo que hoy por hoy los adultos ya no son los mismos que hace unos 20 años y con los medios que hoy existemn de integración ellos mismos pueden hacerse valorar demostrando que la mayor lentitud física no significa precisamente una falta de razonamiento o incapacidad de relación.
Nuestra sociedad preocupada solo de lo material donde los sentimientos estan lejos de las prioridades y la experiencia no es una herramienta para nuestra propia vida, dejamos a los adultos en el abandono sin saber que lo que hoy somos se lo debemos a ello, ciertamente que cuando ya no están es, cuando nos damos cuenta de lo importante que fueron.